Robar paraguas

Muchas personas no se atreven a robar. Algunas menos, supongo, desconfían cuando ven un objeto abandonado en un lugar público. Tal vez imaginen que alguien lo vigila a distancia, probablemente un violento oso tatuado con calaveras en los brazos y el pelo a lo mohicano (como el que me multó en el metro de Berlín por llevar un billete que sólo era válido para tres paradas) o, peor aún, una vieja vestida de negro con carrito de la compra y bastón de falsa madera.

En Stratford-upon-Avon, además de la casa de Shakespeare (no discutamos aquí sobre la forma correcta de escribir su nombre) y una estatua de dudosa calidad estética (que, además, empeoró al ser repintada) hay un río con cisnes, una granja de mariposas y tiendas con recuerdos de la ciudad. En College Street, dice mi memoria, había también un lugar donde vendían té, teteras y filtros para preparar a proper brew. Fue gracias a uno de esos filtros con forma de casita (¿de cottage, quizá?) que nos echaron de allí, cuando una dependienta sorprendió a mi novia de entonces escondiéndolos en un bolsillo de mi abrigo.

Habíamos llegado hasta allí viajando en autobús desde Coventry, donde yo estudiaba entonces. Aunque no llovía, cogimos esa mañana el paraguas nuevo, todavía sin estrenar, porque nos hacía gracia caminar apoyando su punta de acero en la acera como un gentil Lord (no creo que nadie supiera ver que mi abrigo venía de la Salvation Army: para eso sirven las clases de teatro). Nos hicimos fotos, dimos de comer a ardillas, no entramos a ningún museo y nos burlamos de otros turistas.

Y fue al volver a subir a otro autobús que nos llevaría de regreso a la puerta blanca del 1 de Stoney Road cuando nos dimos cuenta de que habíamos olvidado el paraguas, seguramente en algún asiento contiguo, antes de bajar los dos escalones que nos transportaron imaginariamente a 1616.

Ahora, ya en otro siglo e idioma, continúo pensando que hay un paraguas que envejece atravesando Warwickshire cada día, deseoso de ser robado y abierto bajo esas nubes que siempre me parecieron más bajas (más cercanas) que las que apenas se dejan ver por Barcelona. Y estoy seguro de que el negro ya es gris por el lado que queda a la luz del sol filtrada, de forma que quien lo abra tendrá un paraguas de dos colores, levemente unidos por un degradado, como reflejos de las dos épocas que la A46 une para quien quiera verlo.

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